martes 16 de junio de 2009

El comienzo de Playamar según San Michael

Después de tanto hablar con José Luis y el Vasco (con él algo menos) de esta "refundación" de la pandilla y tras perderme el encuentro del 6 de junio, que coincide con el aniversario del desembarco de Normandía (buen día has escogido, José Luis, para otro desembarco), por fin me pongo manos a la obra para tirar de memoria y hacer mi pequeña aportación a nuestro blog.

Creo que para que se pudiera formar la pandilla se debieron de dar ciertas circunstancias.

La primera de ella data de finales de los 60. Yo volvía del colegio a casa en autobús escolar que nos dejaba en el parque de Málaga. Ahí me recogía mi madre a media tarde y se quedaba en una terraza enfrente del puerto donde conocí y jugaba, mientras nuestras madres merendaban, con uno de mis más viejos amigos, todavía presente para mí, el bueno de Daniel Assayag.

Su madre Mercedes Bendayan iba todas las semanas a la Sinagoga que estaba en la calle que estaba detrás de nuestra casa de Málaga, junto con Dani y Alberto, que era un bebé, a los cuales solía ver y aprovechaba para jugar con ellos y montar en bici.

La segunda. Con el paso del tiempo, un año fuimos a veranear a Playamar por, como diría el Vasco, otra quiebra, la de Sofico, en Benalmádena, donde solíamos ir nosotros con otra familia norteamericana todos los veranos.

Susana, Moñi (Mari Carmen), Jimmy y MichaelLa tercera. Fue en 1974, cuando veraneando en la Torre 18, en Playamar II, una tarde, pues por las mañanas íbamos a la playa, en la piscina de ese lado, a nuestra perra que por entonces podía ir suelta por la piscina (hecho que creo recordará el vasco con su Blaki y las sevillanas con el suyo) se le ocurrió robar una pelota de tenis. En principio me alegré del hallazgo, pero finalmente decidí devolvérsela a su dueño cuando por sorpresa vi que se trataba de un chico de mi mismo tamaño y edad. Vaya suerte, pensé... Ese chico era Josele.

La cuarta. Otra tarde de esas, debió ser en 1975, caminando por Playamar I me encontré de bruces con mi amigo Daniel. Vaya suerte, se habían comprado un apartamento en Playamar cuando quebró la inmobiliaria, aquello dejó de ser apartahotel y comenzaron a vender apartamentos.

Ese mismo día quedamos a jugar al fútbol en la explanada que había junto a la torre 9, y fue allí donde nos presentó a sus amigas sevillanas. Creo que él ya las había conocido, pero aquí deben ser Isabel o Encarnita quienes nos corroboren esta parte. Yo llevé a Josele a jugar y a partir de ahí realmente comenzó el grupo a tomar forma.

Nosotros, José Luis y yo, dejamos de ir a la piscina de Playamar II y comenzamos a ir la de Playamar I para juntarnos por las tardes con Daniel, Isabel, Encarnita y María del Mar. Creo que ahí fue donde la pandilla empezó a tomar cuerpo.

Por lo demás y en relación a otros comentarios de blogs, puedo certificar que Daniel ganó su medalla de natación en las competiciones que se montaban en la piscina de Playamar I cuando no organizaban waterpolo y lo hizo nadando a braza cuando sus competidores lo hicieron a crol. Yo quedé el último de mi carrera.

En cuanto a los partidos de pin-pong, José luis, jugábamos hasta con vientos racheados donde la pelota ni botaba en la mesa de cemento, la cual nos cascaba bolas cada vez que jugábamos allí.

Sí, creo que han sido, como dijo José Luis, los mejores años de nuestra vida.

Nota: me ha hecho gracia, y hasta me resulta curioso, que Michael me llame, casi todas las veces que me menciona, José Luis; lo digo porque él es el culpable de que casi todos mis amigos de Madrid, y hasta la familia de mi mujer, me llamen Josele.

lunes 8 de junio de 2009

Camuflados de mayores en Playamar

Esta claro que a todos nosotros la reunión nos hacía una gran ilusión, cómo no nos va a hacer ilusión si hasta a nuestros padres estaban entusiasmados, incluso Mariano padre -el padre de Mariano y Elisa- me llamó al móvil para darme la enhorabuena por la feliz idea de organizar este evento. Pero a mi, a la vez de ilusionarme, la reunión me daba miedo y terminó por ponerme nervioso, y es que a quien no le da temor encontrarse con cuarenta y cuatro años a quienes dejó de ver con veinticinco o veintiséis. A algunos los había visto con posterioridad, en mi boda, en la de Nuria y Tiech, en la de María del Mar, en la de José Luis el vasco, pero de eso también hacía mucho tiempo. Por eso, a veces, puse en duda que fuera aconsejable este reencuentro.

Pero una vez reunido pronto arrojé lejos mis miedos, y, tras unos segundos de turbación, todo el mundo resultó reconocible. Ni siquiera fue necesario hacer una rectificación de enfoque, ajustando la cara juvenil que uno retenía en la memoria a la del hombre o la mujer maduros que tenía ahora enfrente. De hecho alguno ya ha señalado, en un email del día después, que parecía que las mujeres habían hecho un pacto con el diablo, pero yo estoy seguro de que el diablo no ha tenido nada que ver en este asunto, y que el culpable fue, en su día, el magnífico ambiente del que disfrutamos en Playamar. Resultaba curioso y gratificante ver y experimentar el afecto espontáneo con que nos tratábamos todos, con una natural predisposición a abrazarnos, a pasar una mano afectuosa por el brazo (joder, estoy escribiendo esto y se me saltan las lágrimas de la emoción... tengo que dejar de teclear... dadme diez minutos para que pueda seguir). Además, desde la privilegiada posición que me asignasteis en la mesa, pude disfrutar como un enano viendo vuestras sonrisas y efusiva conversación, no necesitaba nada más para estar exultante de felicidad.

Allí, en el chiringuito, nadie podía ser un farsante, y no había ni directores ni empresarios que valieran, ni médico, abogado, economista, farmacéutico, arquitecto o ingeniero. Nadie era nada más que el que siempre fue en Playamar. "Ellos me conocen bien", pensé, "nunca podría engañarlos: todos sabemos cómo es cada uno, aquí no cabe ningún fingimiento". No obstante, no podía sentirme más cómodo, más a salvo, ni más a resguardo. Nadie preguntaba demasiado por la vida actual de cada cual, más allá del "¿Qué tal te va?" impuesto por la educación. En realidad la vida actual no nos preocupaba demasiado, a ninguno nos interesaba saber a qué se dedicaba el otro, si tenía hijos, mujer o marido, porque al instante se congeló el tiempo y comenzamos a tener la sensación de que la vida de verdad era aquella, la de estar todos juntos sin ataduras ni profesión, en la difusa y dilatada expectativa de la juventud, y de que cuanto había pasado y ocurrido después de separarnos era accidental y secundario, una especie de alejamiento de lo natural, o de equivocación, o acaso un eterno sueño que tocaba a su fin al reencontrarnos aquella noche, como si pensáramos: "Este es mi sitio. Estos son mis amigos de Playamar, con los que se fue forjando mi madurez y con los que viví los mejores veranos de mi vida; aquí están las primeras chicas que me gustaron, y muchos buenos amigos a los que siempre procuré ser leal".

Aunque se echó de menos a mucha gente, la representación fue más que nutrida: Susana, mi hermana, que a buen seguro después de leer esto todavía alucinará más conmigo; Nuria, guapísima y entrañable, que increíblemente conservaba una caricatura mía pintada en 1991 y me la entregó enmarcada y firmada por todos los asistentes, ya la tengo puesta en un lugar preferente de mi despacho; Tiech, que tuvo a bien sentarse a mi vera; José Luis el vasco, grande de tamaño y de corazón; Mario, al que le llueven los amigos pero nunca le sobran; Laly, tan natural, guapa y despistada como siempre; Cristina, que a pesar de dejar Playamar a los doce años y posteriormente hacernos una breve visita a los quince, no dudó en desplazarse desde Barcelona con marido, niño y suegra; Lara, cuyos ojos siguen cautivando a cualquiera; Ángel, del que espero que en sucesivos encuentros consiga arrastrar a sus hermanos; Paco el del Windsurf, al que desde aquí le doy las gracias por estar con nosotros; Mariano, que sigue con su tripa cervecera y sus "singulares" bromas, y del que sé de buena tinta la ilusión que tenía por venir; Elisa, excelente y preocupada organizadora del evento, que todavía no ha podido abandonar su fijación por desabrochar el penúltimo botón de las camisas, hecho del que puedo dar fe personalmente, y que acudió con su marido, el cual me sorprendió gratamente por su simpatía; Miguel, más conocido como Gafitas, personaje que yo creo que tiene algo de vampiro y que se mantiene como se mantiene porque le chupa la sangre a su jovencísima novia, que, por cierto, también estuvo entre los asistentes; Isa, qué decir de mi gran amiga Isa, me quedo sin palabras, tan guapa como siempre; Manolo, gran personaje y amigo que sigue conservando la misma perpetua media sonrisa; Alberto, otro eterno sonriente y buen amigo de mi hermana; Tarifiqui, no sé por qué lo pregunto, ya que no puede venir de otro, ¿fuiste tú el que escribió en el reverso de mi caricatura "Laly y Manolo se gustan"?, por cierto, quedé agradablemente sorprendido cuando me di cuenta de que todavía recordaba como traducir el dialecto que hablas; José, la cordobesa que no ha perdido esa sonrisa tan característica suya; su marido, que también nos acompañó, seguro que sabe de que hablo; Sergio, cada vez con menos... acento catalán; Tito, que ilusión el poder haber charlado contigo después de tanto, tanto tiempo; Mamen, yo creo que Mamen si que ha hecho un pacto con el diablo, sino no lo entiendo; Elena, cariñosísima, ¿cuántos besos y abrazos nos dimos?; Pepe, se nota que eres hermano de Elena, ¿cuántos abrazos nos dimos?, por cierto, tu mujer Rocío, simpatiquísima; Ruthy, no me podía olvidar de la benjamina del grupo; y, por último, yo mismo, Josele.

Todo acabó tarde, muy tarde, aunque duró poco, muy poco. Yo preferí no quedarme hasta el final. No quería marcharme cuando ya no hubiera más remedio y, por ende, sentirme "expulsado" de la verdadera vida, de la más auténtica, de aquella en la que no hay tapujos y todo es traslúcido. En aquel momento me rondaban dos pensamientos paradójicos, o quizás eran sentimientos: por un lado, "Si continuáramos aquí un día tras otro, se trataría de una pesadilla". Por otro, algo mucho más fuerte, "Que no se acabe, por favor, que no se acabe esto". Por eso me fui un poco antes, para así terminar yo con ese cuento de hadas, con esa experiencia de supresión o más bien de contracción del tiempo, y que no fuera cualquier otra circunstancia la que acabase con ella. Porque no tengo la menor duda de que volvimos a ser nosotros, sólo que camuflados de mayores. Nuestros muchos años, nuestras mujeres o maridos e hijos, nuestras profesiones y fracasos o logros, pasaron a no ser más que eso, disfraces que se ponen los niños.

Corolario: podéis ir marcando en vuestra apretada agenda el primer sábado de junios sucesivos, porque salvo causa de fuerza mayor, os seguiré convocando para que nos veamos cada año. La siguiente el 5 de junio de 2010. Se aceptan ideas sobre qué, cómo o dónde organizarlo, podéis indicarlo en los comentarios de esta entrada o por email.